Hace un par de días, Mati me invitó a lo que él llama un Guest Post. En realidad sabemos que quiere que opine sobre lo único sobre lo que puede opinarse en estos días: las elecciones.
Repasemos: Matías Calderón es un tipo diplomático, es una persona metida en política. Pero a su vez es una persona políticamente correcta en el 98% de los casos.
Ahí está lo interesante de este Guest Post. Yo no soy Mati.
El tema de las elecciones es un tema complicado de abordar sin ponerse la camiseta. Generalmente cuando se debate sobre escenarios en los que los protagonistas son antagónicos, es casi imposible no guiñarle un ojo a alguno. Hablar de elecciones (o seamos claros, hablar de política) es hablar de fútbol, de religión, de minas, y sabemos lo que colabora a la verborrea hablar de fútbol, de religión o de minas.
Hechas las aclaraciones, falta la más importante; no voy a hablar de las elecciones, voy a hablar de los electores.
Parece sencillo esgrimir argumentos a favor hasta del más impresentable de los candidatos, pero no es tan sencillo mirarse un poco al espejo y hablar desde la vereda de enfrente. En cuarto año de una carrera universitaria, todavía tengo que soportar gente que levanta la mano para decir “a mí votar me importa un carajo” y profesores que se esfuerzan en convencer al desinteresado joven acerca de las bondades de la democracia.
A mí votar me desespera. Me desespera ser incrédulo con todo el mundo, me desespera que a mis contemporáneos les importe un carajo. Hablamos de una generación que consume Facebook y Youtube pero no lee un solo diario. Hablamos de una generación que sabe comprar por Mercado Libre y que sabe lo que es un Procesador de doble núcleo pero no tiene idea en qué escuela vota. Ahí está, creo yo, la raíz del asunto.
Me parece que la generación de nuevos votantes sigue pensando que votar, vota papá y mamá. Me parece que el atraso de la adolescencia tiene un límite y situaciones como esta lo ponen sobre la mesa. Personas de veintitantos ya no están en condiciones de que votar les importe un carajo, al menos no en gran número; deberían ser una excepción y la excepción resulta ser que yo postee esto y no una foto mía con un vaso de cerveza en la mano o de mi mascota durmiendo en la cama de mis viejos.
La sobreinformación tiene estas consecuencias. En primer lugar el vaciamiento de contenido, en segundo lugar el vaciamiento de cerebros (como consecuencia irreversible). Yo, a diferencia del dueño de este blog, difiero en que el voto en blanco sea una herramienta o un método de protesta. El voto en blanco es un facilismo, una herramienta también, pero del poder para crear otro vacío más, otro espacio sin argumentos, sin ecos y sin una forma de pensar. Esa es la consecuencia primordial del la sobreinformación. La sobreinformación es vaciamiento, y estamos más sobreinformados que nunca.
De la subinformación, del analfabetismo, de la pobreza nos cansamos de hablar y se cansan de hablar nuestros candidatos. Existen sí muchos que no tienen herramientas para argumentar, para definirse y en síntesis para existir en el sistema. El problema grave es que a quienes las tenemos, nos importa un carajo; es que estamos demasiado ocupados haciendo un quiz en la red como para ponernos a pensar un poco en ser adultos. Es que discutir es malo. Es que votar, vota papá.
Boris Bellmann – www.palabrasviolentas.blogspot.com